No sólo de trabajo vive el hombre. Para escapar, desconectar el switch, los cables a tierra, y botar el estrés del primer semestre es necesario pegarse un pique a alguna parte y arrancar, de todo y de todos, donde seas uno más de la urbe, un ser anónimo que deambula de un rincón a otro y que lo pasa bien sin andar pensando en el temido qué dirán de provincias.
Para mi pesar carretero y vivencial, vivo y trabajo en una ciudad pequeña, de esas donde saludas a la gente en la calle, donde no eres el anónimo que pretendes, donde tienes una imagen que cuidar y donde no puedes andar tan libre como quieres por la vida. Una ciudad donde tus experiencias pueden ser comidillo de la gente si no tienes el cuidado necesario. Tristemente, así es la vida en provincia.
Pero la realidad, tu realidad de descanso, cambia radicalmente cuando arrancas, cuando te vas, cuando te pierdes en una ciudad donde no eres nadie, donde transitas, donde tienes el mar a la vista de los ojos, donde tu caminar se hace tranquilo. Además puedes conocer, inspirarte, tomar ideas, hablar de la vida con quien quieras, conocer personas que más parecen personajes del realismo mágico que seres humanos como tú. Eso es Valparaíso para mi. Durante años renegué de esta ciudad, y de su vecina Viña, pues eran, y siguen siendo en mi concepto, la antitesis una de la otra. Viña: una ciudad bella, bien hecha, planificada, hermosa, donde encuentras el estilo personificado, donde están los mejores abdómenes y traseros del verano chileno, donde hay festival, glamour, y una ostentosa demostración del dinero. Valparaíso: el puerto, los cerros, las luces cayéndose al mar, una ciudad desordenada, y que dentro de ese desorden ha llegado a ser un ícono cultural y cosmopolita,, una ciudad que sin criterios de edificación, arquitectura vernacular, a ciudad peligrosa si no sabes andar por sus calles, la ciudad de los travestis, de las chorrillanas, la cueca chora y el Congreso interventor que desentona aun más con la arquitectura típica de la esquina de Pedro Montt y Avenida Argentina. Pero aun así, me encanta estar acá. Me encanta arrancar y vivir en Viña en el día, analizando a los chilenos más preocupados de su look que de su cerebro, y estar en Valparaíso en las noches, conociendo historias y gente y disfrutando de la vida misma. Estar en Viña y Valparaíso me relaja, y mucho. Te invito a conocerlas y pasear por sus calles. Al final, creo que nadie puede morir tranquilo sin haber comido una chorrillana en el J. Cruz y haber tenido un paseo la Avenida Marina o Calle Valparaíso.
Para mi pesar carretero y vivencial, vivo y trabajo en una ciudad pequeña, de esas donde saludas a la gente en la calle, donde no eres el anónimo que pretendes, donde tienes una imagen que cuidar y donde no puedes andar tan libre como quieres por la vida. Una ciudad donde tus experiencias pueden ser comidillo de la gente si no tienes el cuidado necesario. Tristemente, así es la vida en provincia.
Pero la realidad, tu realidad de descanso, cambia radicalmente cuando arrancas, cuando te vas, cuando te pierdes en una ciudad donde no eres nadie, donde transitas, donde tienes el mar a la vista de los ojos, donde tu caminar se hace tranquilo. Además puedes conocer, inspirarte, tomar ideas, hablar de la vida con quien quieras, conocer personas que más parecen personajes del realismo mágico que seres humanos como tú. Eso es Valparaíso para mi. Durante años renegué de esta ciudad, y de su vecina Viña, pues eran, y siguen siendo en mi concepto, la antitesis una de la otra. Viña: una ciudad bella, bien hecha, planificada, hermosa, donde encuentras el estilo personificado, donde están los mejores abdómenes y traseros del verano chileno, donde hay festival, glamour, y una ostentosa demostración del dinero. Valparaíso: el puerto, los cerros, las luces cayéndose al mar, una ciudad desordenada, y que dentro de ese desorden ha llegado a ser un ícono cultural y cosmopolita,, una ciudad que sin criterios de edificación, arquitectura vernacular, a ciudad peligrosa si no sabes andar por sus calles, la ciudad de los travestis, de las chorrillanas, la cueca chora y el Congreso interventor que desentona aun más con la arquitectura típica de la esquina de Pedro Montt y Avenida Argentina. Pero aun así, me encanta estar acá. Me encanta arrancar y vivir en Viña en el día, analizando a los chilenos más preocupados de su look que de su cerebro, y estar en Valparaíso en las noches, conociendo historias y gente y disfrutando de la vida misma. Estar en Viña y Valparaíso me relaja, y mucho. Te invito a conocerlas y pasear por sus calles. Al final, creo que nadie puede morir tranquilo sin haber comido una chorrillana en el J. Cruz y haber tenido un paseo la Avenida Marina o Calle Valparaíso.
1 comentario:
La Avenida Perú! bendita por sus helados y por los atardeceres en compañía del pololeo fugaz de los adolescentes que salen a ventearse.... la dura, me hiperventilo con tu tema. Gozar de Viña y Valparaíso es que cómo no! si son lo mejor de dos mundos a menos de diez kilómetros de distancia!
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