Tras la invitación, tomo asiento. Al frente está el décimo entrevistador que enfrento en mi carrera profesional iniciada hace tres años. Comienza preguntándome el porqué me interesa trabajar ahí. Como puedo, y con la información recogida la noche anterior, las frases elaboradas en el trayecto y un dejo de simpatía (¿?) que aflora en mi rostro, le explico, en diez frases, las razones personales para postular. Todas son raíces de la misma idea: el proyecto y mi proyecto.Los periodistas que nos dedicamos, o creemos que nos dedicamos (o añoramos hacerlo) al área de las comunicaciones corporativas, vivimos pensando en COMO MEJORAR el contacto, en cómo hacer entendible el concepto, la majamama teórica que nuestros ingenieros comerciales se encargan de destrozar a cada paso, deslegitimándola y creyendo que son mejores en el rubro de las corporaciones que nosotros: the poor journalist. O sea, podrán saber de medios, podrán saber de teoría del marketing, pero sólo los periodistas, los profesionales periodistas, los abnegados periodistas, sabemos como redactar algo y que resulte atractivo (traspasando algunos mínimos límites éticos). Así hacemos para vender una noticia, una corporación, un producto, un político, un concepto. Somos especialistas en eso y anhelamos que el discurso se convierta en acción. Nosotros hablamos de proyecto cuando queremos referirnos al macro, a la promoción constante de la organización, a la difusión de nuestra filosofía, de nuestra misión, de nuestra visión, de nuestras acciones, y del aporte (si es que lo hay) que hacemos al crecimiento, al progreso de la sociedad, y al bienestar del ser humano. Tal cual.
Nos cabeceamos buscando herramientas, haciendo contactos con colegas de medios, hablando con todo tipo de gente, escuchando muchas cosas (entre ellas varias críticas y el discurso repetitivo del “pero si levantas una piedra y salen cien periodistas sin pega”), planificando, evaluando herramientas, tomando café. O sea, nuestro trabajo es complejo en el terreno, porque en cada acción está puesta la guillotina sobre nuestras febles cabezas.
La verdad es que todas esas cosas se me pasaron por la cabeza en el momento de asentar mis posaderas frente al escritorio de aquel que con mirada certera, cuyo rostro me inspiraba cierta seguridad personal, me miraba atento y me pedía acciones para determinados sucesos. Creo que conteste bien. La entrevista más conversada de mi vida duró diecinueve minutos. Pero nunca se sabe en estas cosas. He tenido entrevistas nerviosas, donde el vaso de agua pesa un gramo y tiritas entero. He estado tranquilo contando acerca de la autogestión que hemos hecho con amigos, y he tenido otras donde he llegado, me he sentado, he respondido lo que preguntan y me he ido sin ningún aspaviento ni pretensión futura; han sido aquellas en que se de antemano que llegará algún colega que saludará de besos a la secretaria, que llamará al entrevistador por su nombre, que se sentará con seguridad, responderá cualquier pelotudez y el abrazo de despedida indicará que el trabajo ya es de él: el es amigo de…, es un apitutado.
Como sea que fuere. Ayer di mi décima entrevista en tres años de carrera. Es poco para otros amigos que han dejado curriculums hasta en la NASA, pero es lo suficiente para quien cree en el no aceptar lo primero que venga por unas chauchas locas que pueden carcomer una reputación, si es que la hay, claro; con la excepción que se trate de una mujer ansiosa. A todo esto: todavía no me llaman. Espero poder quedar en la siguiente fase, menos no creo merecer;. Así que, si lee esto,… jefecito…, llámeme… no se arrepentirá.
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