Hace rato que veo que la sociedad chilena, con nuestro marco legal y nuestra idiosincrasia, está centradas, peligrosamente, en la tenencia y no en el afecto, en la propiedad y no en la persona. En Chile vales por lo que tienes. Esta es una idea que varios amigos que han ido a tierras foráneas, y han vuelto al rato, reafirman. Basta ir a un supermercado a mediodía y saber que perdemos tiempo en arreglarnos para ir a comprar, mientas que en otros lados la compra es funcional a la labor que estás realizando y amerita ropa de trabajo para tener una colación, pagar en la caja sin que nadie mira mal, y volver a lo tuyo. Acá si hablas pomposo y tienes varias pulseras en la mano, te aseguro que serán mejor recibido. Es una verdadera tontera, lo se, pero el tiempo y la observación me dan la razón.Otro ejemplo: las deudas. Tenerlas es estar como muerto en vida. Nadie confía en ti, nadie cree en ti, eres un paria para el sistema y vives como outsider dando vueltas y giros para llevar alimento a los tuyos.
A la tenencia de cosas nadie escapa; pero el tener es una actividad humana, desarrollada por personas que compiten por un extraño motivo de ser más que el otro, como si eso importara a la hora de crear una sociedad más justa, y si quieres aterrizarlo más aun, como si algo de lo que tienes importara cuando estás dentro de un cajón, inherte y sin saber en que lugar exacto deambula tu alma (dependiendo de las creencias que tuviste, claro)
La tenencia excesiva escapa a la lógica humana del querer y el respetar al otro. Nos hacemos esclavos de los bienes e incluso nuestras legislaciones están orientadas a eso. Un robo a un banco puede causar tanta conmoción como el asesinato de una persona. Con estupor, veo como nos acostumbramos cada día a aceptar como tabla raza la muerte de alguien, sin valorar al ser que hay detrás, más allá de los conflictos con la propiedad que haya tenido. Estamos tan preocupados de nuestras cosas que nos compramos alarmas, rejas, perros asesinos, seguros de vida y guardias privados, para que nosotros, y nuestras cosas, se sientan seguras.
En una sociedad tan cosista como la que vivimos, y que construimos consensuadamente a diario, la propiedad es la reina. Nos hemos olvidado de las personas y hasta atentaríamos contra la vida de alguien en caso de sentir que nuestras cosas, las que nos han costado sangre, sudor y lágrimas tener, se ven amenazadas. Eso está mal, muy mal.
Mientras vivamos con los ojos y la cabeza pegados en las cosas, jamás podremos lograr una felicidad maturiana (siendo esta nuestro fin último como especie). La publicidad como elemento potente de motivación, nos seguirá llevando por caminos sinuosos que nos mostrarán como nuestra legitimación de seres humanos sigue estando en el tener cada día más, convirtiéndonos así en esclavos de las cosas, en esclavos de las mismas cosas que como especie hemos construido para mejorar nuestra vida y crecer como seres humanos. Vaya paradoja.
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